Siempre preferí el dolor de la verdad al de la mentira. El primero quema, mucho, pero no me deja un agujero en mi pecho. Odio que me mientan, me siento humillada, inocente, ingenua, detesto ser la última en enterarme, me siento manipulada, un estúpido y frágil títere sometido a la merced de el astuto titiritero. Está bien, todo el mundo ha mentido alguna vez, es inevitable. Es más, algunas veces, mentir es la mejor opción, las llamadas “mentiras blancas”, no hacen daño a nadie. ¿Cómo decirle a un niño que su gatito murió destripado por un camión? Preferible decirle que se fue a tener familia, o alguna cosa por el estilo. En mi opinión los niños no siempre dicen la verdad. Yo cuando era niña mentía bastante, no podía evitarlo. Pero más adelante me di cuenta de que es innecesario, descubrí que la verdad nos hace libres, porque o soy muy mala mentirosa, o a todo el mundo le invade la culpa, siente un vacío en el pecho que sólo desaparece al decir la verdad. De todas formas, en la vida hay personas peligrosas, mienten por oficio, diversión, hobby, o por lo que sea que lo hagan. Ellos pertenecen a una élite de mentirosos compulsivos. Son personas frías, calculadoras, carentes de corazón y cualquier clase de signos vitales. Ellos te envuelven con tal facilidad que es casi imperceptible, serpientes danzando a tu alrededor, hipnotizándote con sus misteriosos ojos. Es así, lamentablemente el mundo está lleno de ellos, que esperan pacientemente el momento perfecto para enredarte. Son como arañas y nosotros, las moscas despistadas, volamos ciegamente hacia la enorme telaraña una y otra vez. Personalmente YO nunca aprendo, jamás. Aunque suene gracioso, me tropiezo una y otra vez con la misma piedra. Odio que me mientan, pero a veces me veo obligada a mentir, ya sea para sobrevivir o para hacer feliz a alguien, aunque no parezca no me gusta ser un verdugo e ir desgarrando sueños y almas con mi oz, pero cuando es importante, digo la verdad, directa e inexorable. Soy así y no entiendo por qué la gente se enoja conmigo, al parecer no todo el mundo se niega a vivir en una mentira. Decir la verdad es difícil, te convierte en la villana de la historia. La infinita historia de mi existencia.
Después de todo este recitado, que a mi entender no tiene ni pies, ni cabeza, no puedo evitar preguntarme: ¿Cuál es la peor mentira? Fácil, no tengo que darle muchas vueltas al asunto. Para mí, las peores mentiras, son las que nos hacemos nosotros mismos. Interpretamos dos papeles al mismo tiempo, somos el títere y el titiritero. Y qué mejor titiritero que nosotros mismos, somos omniscientes, estamos en todas partes, en todo momento. Sabemos cómo actuar, qué palabra usar, cada gesto que debemos hacer.
“No hay peor ciego que el que no quiere ver” es cierto, y viene perfecto para esta ocasión “no hay peor mentiroso que uno mismo”. A veces miento tan bien, que me la creo yo, supongo que a los demás también les pasa, de lo contrario, intérneme. ¿Qué pasa cuando nosotros nos negamos a saber la verdad? Es imposible verla, aunque esté delante de nosotros, mida trece metros y tenga luces fosforescentes girando a su alrededor. Esta clase de mentira nos aísla de la realidad, nos crea nuestro propio mundo de fantasía, donde nosotros somos las guionistas, directoras, iluminadoras y actrices principales. Tengo miedo de vivir en una mentira para siempre, de no saber cuál es cual, de perderme entre la mentira y mi vida. De no encontrar el norte, otra vez. Porque aunque sea en lo más mínimo, todos nos engañamos respecto a algo o alguien. Poniendo un ejemplo más claro, a veces, nos gusta tanto alguien que desarrollamos una especie de esquizofrenia paranoica (yo y mis ejemplos), a lo que me refiero es que escuchamos voces, señales e indicios de que nos corresponde. Nos imaginamos cosas, nos engañamos a nosotras mismas. Porque aunque el pibe no nos de ni la hora, encontramos la manera de imaginar gestos, miradas, de poner en su boca palabras que él jamás diría, inventarle una personalidad, vivir juntos en nuestro mundo, un mundo en donde el nos ama y nos susurra cosas tiernas al oído. Un mundo de dónde es casi imposible escapar, víctimas de nosotros mismos, de nuestra imaginación. Odio a los mentirosos, pero en un punto todos lo somos. El mundo se mueve así, unos mienten para sobrevivir, por placer o para hacer felices a otras personas o a nosotros mismos, la mentira debería ser un pecado capital, por el cual absolutamente TODOS nos declaramos culpables…

Si, si es asi. Una vez mas, concuerdo contigo amiga. Me encanta la forma que tenes para escribir, cada palabra, cada oracion, me identifico con todo. Y si, ¿quien nunca dijo una mentira? por mas pequeña que sea, en algun momento todos mentimos.
ResponderEliminarY que no te internen, yo tambien suelo creérme mis propias mentiras. Que loco, no?.