jueves, 9 de diciembre de 2010

La mecánica del corazón

Uno: No toques las agujas.
Dos: Domina tu cólera.
Tres: No te enamores nunca.

   Sí, es un libro. No voy a entrar en grandes detalles. Se trata de un niño que nace con el corazón dañado y debe reemplazarlo por un reloj de madera (esta quizá sea la respuesta al punto uno). Arriba están las reglas para no dañar la mecánica del corazón.
Escribo acerca de esto, centrándome en el punto tres. ¿Y si tiene razón? ¿Y si quizá la solución es no enamorarse nunca? De esta forma quedaríamos ajenos al sufrimiento.
   Sí, es sólo un sueño, sufrir es inevitable, en especial en la adolescencia. El primer encuentro cara a cara con el dolor es el que se produce al romperse el castillo de cristal. Supongo que nadie entiende a qué me refiero. Lo que quiero decir, es que hay un punto en la niñez, en que nos empezamos a dar cuenta de que nada es perfecto, la familia, las amigas, los momentos, la vida misma. El ser humano desconoce la perfección. Nunca conocimos a alguien perfecto, ni tuvimos un día perfecto ni un amigo perfecto. La perfección no existe, es el elixir de los soñadores. Simplemente eso. Yo sugiero que el brutal choque con la realidad se produce tarde o temprano, por más tiempo que pueda retenerse. En algún momento nos vemos obligados a ver la realidad, a apoyar los pies en la tierra y mirar el mundo, observar desde abajo el rompimiento del castillo, vidrios de colores volando en el aire, hacerse trizas junto con nuestros sueños. Este hecho probablemente marque el pasaje de la niñez a la adolescencia. Dejando atrás un pasado feliz para sumergirnos en un presente oscuro e incierto. Este suceso me recuerda a cuando Adán y Eva comen del fruto del árbol del bien y del mal, cuando adolecemos, comenzamos a sentir envidia, vergüenza y un sinfín de sentimientos desconocidos en ese entonces.
   Yo siempre me quejo de que NADIE me ama. Pero en cierto punto tengo miedo, me aterra ser amada. Y sí, soy pesimista. No vivo la vida al máximo, siempre tan precavida, miro el futuro. “Cuando me deje voy a sufrir”, esa frase refleja la poca seguridad que tengo en mí misma, no puedo vivir el hoy, siento que debo protegerme, respaldarme. Me tengo que valer por mí misma, porque nadie le va a decir “che, cuidala a Martina, es sensible, es frágil”. En cierto punto, porque tengo una coraza a prueba de balas, nunca dejo que nadie me ayude, nadie me ha visto titubear, no me gusta mostrarme indefensa. Siempre me consideré una persona autosuficiente, insensible y despiadada. Esa es la imagen que decidí mostrar, no puedo ni quiero dar lástima. Es así, yo no me puedo enamorar, aprendí de la peor manera que la gente SIEMPRE se va, por lo tanto, mientras menos personas entren en mi reducido círculo afectivo, mejor. No puedo soportar la idea de ser abandonada o peor aún, reemplazada. Eso jamás, sobre mi cadáver. Nunca me voy a amoldar a la idea de que alguien ocupe mi lugar, un lugar que por derecho me corresponde a mi, por el que luché. Es mío y punto. No me gustan los intrusos. Y no, no son celos, ni envidia, simplemente me rehúso a ser desplazada de la vida de alguien sin explicaciones. Cuando una amiga me abandona, o me reemplaza, me siento huérfana, perteneciente a ninguna parte. Puedo dramatizar, pero no soporto la idea de estar sola, más concretamente la sensación de estarlo. También me da pánico el fracaso, saber que me caí, una vez más. Me gustaría tener el poder de congelar el tiempo, retrocederlo y permanecer chiquita para siempre, podría seguir siendo simple. Prefiero el monstruo que habitaba debajo de mi cama. Pero ya no le tengo miedo, conocí los demás miedos, que a diferencia del monstruo, se presentan en todo momento, son espectros que me persiguen, que llaman a mi puerta en las noches, me oprimen, me envuelven, me rellenan los huesos y danzan infinitamente a mi alrededor, reviviendo una y otra vez. Lo siento monstruos de la oscuridad, pero ya no puedo temerles. Tengo adversarios más grandes a los que enfrentarme, vuelvan a los rincones recónditos de mi mente, pasen a formar parte de mi olvido, fúndanse en los remolinos del pasado y vuelen, vuelen lejos, desaparezcan porque esta niña dejó de creer...

“La niñez se mide por sonidos, olores e imágenes antes de que se extienda la hora oscura de la razón”.
                 John Bitjeman (“El niño del pijama a rayas”).
                              

2 comentarios:

  1. Y bueno ¿que decirte? es tan asi. Es tan vos. Obviamente. A lo que ,me refiero es que .. te expresaste tan bien. Yo por mucho que lo intente, no me sale. No se opinar sobre mi misma, se decir lo que siento, y no siempre. Yo simplemente lo siento, vos tenes esa facilidad de plasmar en papel (aun que no en este caso) tus sentimientos, y de ahi, es de donde salen los grandes artistas, o como quieras llamarle. Para mi lo son. Y vos, estoy mas que segura, vas a ser una. Seguí así Mar, vas a llegar muy lejos. Acá tenes todo mi apoyo. Te amo amiga

    ResponderEliminar
  2. Awwwwwwwww que tierna ella, jaja gracias por regalarme tus hermosas palabras. No, ni ahí, escribo como hobby, método terapéutico, dale el nombre que quieras. Sos la mejor, te amo DEMASIADO ♥

    ResponderEliminar